Pregonero Mariano Gutiérrez Carlón

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE SAN BARTOLOMÉ 2013

ALCALDESA Y RESTO DE MIEMBROS DE LA CORPORACIÓN MUNICIPAL

DAMAS DE HONOR DE LAS FIESTAS: Alicia, Ana María, y Lorena

QUERIDA FAMILIA

ESTIMADOS AMIGOS Y PAISANOS…

Buenos días a todos, bienvenidos, y gracias por vuestra presencia y por acompañarnos en este entrañable acto, con el que nuestro Ayuntamiento inaugura oficialmente las Fiestas Patronales de San Bartolomé 2013.

Trataré de no extenderme mucho, pues el calor se hace notar y el aire acondicionado todavía no ha llegado a este edificio municipal, hoy Centro Sociocultural y ayer Casa-Cuartel del Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil. En todo caso, y si me pongo un poco pesado, espero que sepáis disculparme, pues no quisiera dejarme en el tintero nada importante de lo que hoy os quiero transmitir.

Antes de nada, quiero agradecer sinceramente a Nuria Simón, por cierto, la primera alcaldesa de nuestro pueblo, que pensara en mí para ser el Pregonero de estas Fiestas, lo cual es un honor. Gracias también, cómo no, a toda la Corporación, pues doy por hecho que el resto de concejales asimismo tuvieron algo que ver en la elección.

Reconozco que cuando hace un par de meses Nuria me hizo la propuesta, era la primera vez que hablaba personalmente con ella (aunque supongo que lo habría hecho por teléfono en alguna ocasión). Fue, si recuerdas, en un acto oficial en el que coincidimos ambos en la Biblioteca Pública de Palencia, presidido por las consejeras de la Junta de Castilla y León de Familia e Igualdad de Oportunidades, la palentina Milagros Marcos, y la de Cultura y Turismo, la abulense Alicia García.

Pues bien, tengo que reconocer que me sorprendió, por lo que te pedí que me dejaras pensarlo. En otras ocasiones ya se me había invitado a hacerlo por otros alcaldes paisanos nuestros, sin que me hubiera dejado convencer. Por nada en especial. Sencillamente, no me parecía el momento oportuno. Esos alcaldes, incluso algunos de vosotros, me lo habéis reprochado en más de una ocasión, sobre todo cuando sabíais de otras intervenciones mías en acontecimientos culturales, sociales, académicos o festivos, similares a este, tanto en nuestra provincia como fuera de ella. Admito y asumo deportivamente esos reproches, pues considero que son razonables y están justificados, aunque espero que a partir de hoy haya expiado todos mis pecados.

Tras meditar un tiempo sobre la propuesta de nuestra alcaldesa y comentarlo con mi familia, llegué a la conclusión de que no podía dar un no por respuesta a Nuria. No tenía derecho a seguir haciéndome de rogar, entre otros motivos porque ni es mi estilo ni es mi forma de actuar, asumiendo con todas las consecuencias que había llegado la hora de cruzar este Rubicón personal y saldar “cuentas pendientes” con mi pueblo. Así que, como dijo Julio César cuando cruzó con sus tropas el referido río italiano: “alea iacta est”, es decir, “la suerte está echada”. Y aquí me tienen… dispuesto a hacerme perdonar y a reconocer mis “pecados” públicamente, como el hijo pródigo que vuelve a casa tras recorrer esos mundos de Dios para reencontrarse con la familia, los amigos, y los vecinos, siendo recibido con los brazos abiertos. Así me siento yo hoy entre vosotros.

Por cierto, y hablando de hijos pródigos, y como de bien nacidos es ser agradecidos, que es lo que a mí me enseñaron desde niño en mi casa, quiero dedicar este Pregón especialmente a dos personas a las que debo el hecho incuestionable de estar hoy aquí y todo lo que soy: mis padres. VALERO y OFELIA. Todo un ejemplo de vida y de entrega a su familia, que yo también intento inculcar a mis hijos. Los dos están muy “presentes” hoy en este Salón de Actos, como no podía ser de otro modo.

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Nuria, quiero que sepas que tú y cuantos te sucedan en el sillón de la alcaldía de Villarramiel, seréis siempre mis alcaldes, antes incluso de los que lo sean allá donde yo resida (por fortuna, mi alcalde actual, Alfonso Polanco, también es “pellejero”, como todos nosotros), y podréis contar conmigo para lo que estiméis oportuno.

Por cierto, seguro que no sabéis que antes que Alfonso Polanco llegase al sillón de la alcaldía en la capital palentina, en las pasadas elecciones municipales del año 2011, otro paisano nuestro ya lo había ocupado antes. Concretamente en el año 1939. Tras la Guerra “incivil” española. Se llamaba Antonio Guzmán Casado y había nacido en Villarramiel en 1887, falleciendo en la capital palentina en 1969. Tomó posesión el 16 de diciembre en un acto presidido por el entonces Gobernador Civil Fernando Martí.

Su profesión era la de médico-ginecólogo. Dejó de ser alcalde en 1941. En un informe sobre su gestión, recogido en el libro “Instituciones palentinas durante el franquismo”, cuyo autor es el historiador palentino Domingo García Ramos, se decía sobre Antonio Guzmán Casado lo siguiente: “Es un hombre bueno en todos los aspectos, aunque dada su profesión disponía de poco tiempo para dedicar a la alcaldía”. No obstante, se destacaba que aunque en su etapa no se realizaron grandes infraestructuras en la ciudad, sí logró “amortizar toda la deuda, dejando en caja un saldo de medio millón de pesetas”. Más o menos lo mismo que le está tocando hacer en la actualidad a nuestro buen amigo y paisano Alfonso Polanco.

No podemos olvidarnos asimismo de que otros dos paisanos nuestros formaron parte de la Corporación Municipal de la capital palentina en la segunda mitad del siglo pasado. Se trata de Dacio Rodríguez Lesmes, catedrático de Literatura, Jefe de Estudios del Instituto “Jorge Manrique”, y también Redactor-Jefe de “El Diario Palentino”, por lo que puedo decir que fue mi predecesor en este oficio y en el citado periódico, donde yo permanecí más de dos décadas, una de ellas como Director.

Dacio Rodríguez Lesmes fue elegido concejal de Palencia el 21 de noviembre de 1954, dentro del denominado tercio familiar, siendo alcalde Vicente Almodóvar Rodríguez. Dejó vacante el puesto en 1956, tras aprobar sus oposiciones en Madrid, donde ocupó importantes cargos en el Ministerio de Educación, hasta su fallecimiento en 1976.

Finalmente, en las elecciones municipales de 1966, fue elegido por el tercio de entidades el también villarramielense Carlos Rodríguez Serrano, abogado y funcionario. Continuó de concejal en las elecciones de 1970, siendo alcalde Juan Ramírez y gobernador civil Miguel Vaquer Salort. Fue designado teniente alcalde de Cultura y Deportes. Permaneció hasta 1973. No hace mucho que también fue Pregonero de nuestras Fiestas. Por fortuna, disfruta de buena salud y es fácil verle cada día paseando por Palencia con su esposa, juntos en amor y compañía, y de vez en cuando algunos tenemos la suerte de disfrutar con su conversación, lo mismo que con sus artículos y comentarios de opinión publicados habitualmente en la prensa palentina.

Es paisano, y así le considero, además de amigo. La vida da tantas vueltas, y nos depara tantas sorpresas, que el destino hizo que, hace unos años, mi esposa y yo compartiéramos con él y su mujer, además de otros matrimonios de nuestra Parroquia en la capital, San Lázaro, la celebración de mis Bodas de Plata, y sus Bodas de Oro.

Ese mismo caprichoso destino hizo que tenga como vecinos, compartiendo ascensor, escalera, garaje, y reuniones de vecinos, a José Mari, el marido de Merche, hija de Sabino Plaza, quien desgraciadamente nos dejó hace ya unos años, concretamente un 23 de abril, festividad de nuestra Comunidad Autónoma. Merche era quinta mía, y junto con José Mari, de mi cuadrilla de amigos y de aventuras juveniles. También son vecinos míos Hortensia, hermana de Joaquín “Manzano”, y su hijo Hilarino.

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Yo, en otras épocas, colaboré con nuestro Ayuntamiento en la organización de las fiestas y en algunos otros acontecimientos, fundamentalmente durante el mandato del recordado Tomás Enrique. Recuerdo aquellas primeras comisiones de fiestas en las que se daba participación, con muy buen criterio, a varias personas y colectivos que siempre aportábamos algo nuevo al Programa de Actos. Recuerdo ahora a Goyo Gallo, el padre de mi cuñado Cruz; a Manolo “El Gallego” y Paco Cartujo -padre-, éstos dos entonces concejales; a Celsa Pardo, y a distintos representantes de las Peñas de entonces. Tengo para mí, que Tomás Enrique fue el primer alcalde que se dio cuenta de la importancia que tenía para un pueblo como el nuestro el hecho de estar permanentemente en los medios de comunicación y de informar a través de ellos a toda la provincia de cuanto aquí ocurría. Ya se sabe que, lo que no se publica en los medios, es como si no hubiera ocurrido realmente. Y en esa tarea colaboré lo que buenamente pude.

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Alcaldesa, si recuerdas, mis primeras palabras después de que me propusieras hacer este Pregón, antes de pedirte un tiempo prudencial para pensármelo, fueron: “Que sepas que el honor me lo hacéis tú y mi pueblo a mí, no yo a vosotros, al haberme elegido como Pregonero”.

Y esa es la pura realidad. Claro que me siento orgulloso, y es un honor para mí, como “pellejero”, como un villarramielense más, al que hoy toca estar aquí arriba, aunque me sentiría mucho más a gusto sentado en una de esas butacas, haceros partícipes de algunos de mis sentimientos y recuerdos, de infancia y juventud, vividos en nuestro querido pueblo, un pueblo con algunos defectos, claro que sí, pero también y sobre todo con muchísimas virtudes.

Una vez tomada la decisión de convertirme en heraldo anunciador de las Fiestas de San Bartolomé 2013, se me planteaba la gran incógnita de elegir con acierto el contenido, la sustancia, de mi intervención, surgiendo las razonables dudas de siempre.

Como podéis suponer, en algo más de tres décadas de profesión periodística, he asistido a cientos de actos similares a este, en muchos de ellos incluso actué como protagonista directo, y siempre me hice la misma pregunta: ¿Será esto que estoy contando, o en otros casos escuchando, lo que esperaban oír los asistentes?

Esa misma duda me ha ocupado y preocupado en estos días de vacaciones cuando me sentaba ante la pantalla del ordenador para escribir estas líneas, siendo plenamente consciente de que acabaré mi intervención con esos mismos interrogantes y sin las correspondientes respuestas.

Finalmente, decidí olvidarme de guiones más o menos prefabricados, precocinados, que tanto abundan en los actos de estas características, y con mi mente en blanco, he dejado volar la imaginación, y sobre todo mi memoria, para que fuesen ellas las verdaderas protagonistas del fluir de mis pensamientos y recuerdos, haciéndoos llegar sobre todo los sentimientos que en mí provoca simplemente escuchar el nombre de Villarramiel, y todo lo que ello ha significado y significa en mi vida, que sin duda es mucho.

Bien es verdad que en los últimos años he compartido este amor intenso, y profundo, con algunos cariños hacia el pueblo de mi mujer, Villada, donde tan extraordinariamente me acogieron, tan bien me han tratado, y donde tenemos nuestra segunda residencia, que por ende es también la de nuestros hijos. Ellos tienen la suerte de haber mezclado al 50 por ciento los genes “pellejeros” con los del pueblo de las pipas. Una simbiosis que me parece perfecta.

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Ahora… todos nos sentimos orgullosos de ser de nuestro pueblo. Pues bien, os recuerdo que cuando yo me fui a estudiar a Madrid, con 17 años recién cumplidos, los de provincias, mucho más los que habíamos nacido en el medio rural -lo que siempre he considerado una gran suerte-, teníamos cierto temor a reconocerlo públicamente, porque corríamos el riesgo de que nos colgaran el siempre inmerecido sambenito de “paletos”. ¡Qué ignorantes! Obviamente me refiero a los madrileños.

Tengo que decir, sin que lo considere ningún mérito extraordinario, que siempre llevé a gala reconocer que era de pueblo, de Villarramiel, “pellejero”, y palentino. ¡¡Faltaría más!!

Por todo ello, me sigue sorprendiendo hoy todavía, y es hasta cierto punto contradictorio con lo que acabo de decir, que un compañero de Facultad, natural de Villada, y para más señas pariente de la que hoy es mi mujer, aunque entonces residía con su familia en Madrid, no se enterara curiosamente de mi procedencia palentina hasta el mismo día en que nos despedíamos, tras compartir nada menos que cinco años de carrera. ¡¡Qué cosas nos pasan a veces!!

Pero, centrémonos en lo que nos ha traído hoy hasta aquí, que no es otra cosa que hablar de nuestro pueblo y de sus fiestas, de nuestras Fiestas Patronales en honor de San Bartolomé, “San Bartolo” para los villarramielenses y para el resto del mundo, porque cierto es que son conocidas en todo el mundo.

En los más diversos y lejanos lugares de la geografía española, incluso en otros países, muchos de nosotros hemos tenido la oportunidad y la grata sorpresa de encontrarnos en alguna ocasión con personas que conocían, o cuando menos habían oído hablar de nuestro pueblo, de sus afamadas fiestas, y de sus conocidos encierros de reses bravas, además de por la elaboración de cecina de caballo y sus fábricas de curtidos.

Aún recuerdo aquel día de verano en la ciudad francesa de Perpignan, cuando aparqué el coche y salió una señora corriendo de un chalet para chapurrearme, medio en francés, medio en español, que ella también era palentina, de la conocida familia de “Mantas David”, aunque llevaba muchos años residiendo en el vecino país gabacho, y cómo no, conocía nuestro pueblo. Habréis deducido que supo que éramos de Palencia por la matrícula del coche. Era cuando todavía nuestros vehículos lucían orgullosos la “P” de Palencia, lo que delataba nuestra procedencia. No como ocurre ahora, que todas las matrículas nos parecen iguales.

Una de las posibilidades para dar contenido a un Pregón es recurrir a la Historia del pueblo o ciudad de que se trate en cada caso, aunque jamás se me pasó por la imaginación tal posibilidad. Doy por hecho que la primera obligación de todos los villarramielenses es conocer su propia Historia, pues sabido es que quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. Y segundas partes nunca fueron buenas para nada.

Quiero pensar que el libro “Villarramiel de Campos. Datos para su Historia”, escrito tras largas y arduas investigaciones por parte de nuestros insignes paisanos los hermanos Luis y Pedro Fernández Martín, el primero un ilustre e incansable investigador de la Historia en general, y de la de su pueblo en particular, jesuita por más señas; y el segundo, médico de profesión, pero también investigador e historiador por vocación; es uno de los textos cabecera de todo “pellejero” que se precie, pues en el mismo está contenido todo el acontecer y el devenir de nuestro pueblo. Así como la biografía de sus hijos ilustres. Aunque reconozco que, para mí, los pueblos estarán siempre por encima de sus hijos, sean éstos ilustres o no.

La Historia la escribimos los hombres, en muchos casos, es cierto, de forma tergiversada, subjetiva, a la medida o al servicio de intereses espurios, ideas políticas, a veces religiosas, o de orden económico, pero quienes la construyen día a día son las gentes sencillas. Y Villarramiel sabe mucho de eso, pues aquí, a diferencia de la generalidad de los pueblos de esta tierra, nunca admitió la servidumbre, ni se sintió subyugado por los tradicionales realengos, ni a merced de los caprichos de familias con títulos nobiliarios hereditarios, ni de señores de altas alcurnias, o con apellidos de abolengo, quienes tradicionalmente se han autoadjudicado haciendas y patrimonios, no sé muy bien con qué razones o derechos desconocidos.

Villarramiel ha sido históricamente un pueblo de behetría, con su propia organización administrativa concejil y sus instituciones locales de gobierno y justicia, sin estar bajo el yugo de ningún poder extraño, foráneo, o externo a sus propios vecinos. Así, ya a finales del siglo XI, o comienzos del XII, no sólo existía el Concejo de Villarramiel, sino que tenía plena personalidad jurídica, ya que poseía cuantiosos bienes comunales y cuidaba de su administración.

Estas tierras se las había dejado a nuestro pueblo por testamento María Álvarez, hija de Álvaro Herraméliz y nieta del fundador de nuestro pueblo, Herramel Álvarez, vecina de aquí y enterrada en la iglesia parroquial. Tierras que, en tiempos de Felipe II, nos quisieron arrebatar de forma injusta, aunque evidentemente no lo consiguieron.

Se conoció este caso como “Pleito de los Quiñones”, ocurrido el año 1584, cuando los villarramielenses protagonizamos una valiente y decidida defensa de ese patrimonio comunal que nos legó María Álvarez, ante la arbitrariedad del juez real Pedro de Guevara, nombrado por Felipe II. Esa heredad se componía de 1.340 obradas, la cuarta parte del término municipal. Sumaba 1.354 tierras de alrededor de una obrada cada una de ellas, situadas en los pagos de la Vega, la Nava, la Asomada de Carrecebes, el Prado Viejo, el Pozo Martín, el Sobal de Abarca, Bustillo, las Cascajeras, Terredondo, la Reguera de Valdesilos, los Valles, el Cerro, las Atalayas, etc.

¿Qué fue de aquellas tierras comunales propiedad del municipio? A saber… Aquí hay un excelente tema de investigación histórica para alguien que quiera dedicar tiempo a bucear en los archivos.

Los “pellejeros” nunca nos hemos considerado, ni por asomo, vasallos de nadie, más que de nosotros mismos. En resumen, siempre nos hemos sentido libres e independientes, e iguales entre nosotros y en relación con los demás, y cuando la historia quiso revertir o contradecir esa realidad intentando someternos a algo o a alguien, como ocurrió con el citado “Pleito de los Quiñones”, nos revelamos con cierta furia y determinación, y conseguimos ser protagonistas de nuestro propio destino.

Las tutelas y los paternalismos históricos, siempre interesados, siempre egoístas e insolidarios, siempre al servicio de algún pensamiento o ideología, siempre en beneficio de alguien o de algo, y siempre en perjuicio de la mayoría, no van con nuestra forma de ser y de entender la vida.

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Esto es lo que yo siempre he denominado y entendido como el “espíritu pellejero”. Este espíritu, hasta cierto punto individualista e indómito, es lo que caracteriza y singulariza a la gente de este pueblo, esa gente a la que nos referimos genéricamente como gente emprendedora, “trajinante”, con iniciativa, lista e ingeniosa… Siempre hemos sido hábiles en los negocios, emprendedores, con genio y determinación, gente a la que nada se le pone por delante, gente orgullosa de su pasado, aunque siempre con los pies firmes en la tierra y en el presente.

Ahora se habla mucho de los emprendedores, de emprendimiento empresarial, de autoempleo, de empresa familiar, de la importancia de las pymes -las pequeñas y medianas empresas-, todo ese conglomerado en el que, según los expertos del mundo de la economía, debemos apoyarnos para salir de esta gravísima crisis que padecemos y sufrimos.

Perfecto. Pues en esa misma línea argumental, yo me atrevería a invitar a esos expertos a que se den una vuelta por Villarramiel y analicen e investiguen cómo surgió ese manantial inagotable que yo llamo “espíritu pellejero”. Seguramente, conocer sus raíces y cómo ha sido utilizado por los habitantes de este pueblo a través de la historia, nos descubriría nuevos caminos profesionales para muchos de nuestros jóvenes, ciertamente muy bien preparados, que hoy se sienten desnortados, desdichados, integrantes de una generación prácticamente perdida. ¡Qué pena!

Nuestro pueblo ha vivido épocas muy florecientes, económica y socialmente hablando, pero también duras etapas de crisis y estancamiento, durante las cuales los villarramielenses tuvieron que emigrar a otras latitudes de la geografía española y europea (léase País Vasco, Cataluña, Madrid, Alemania, Suiza, Francia…), empobreciendo un próspero municipio que llegó a tener más de 3.000 habitantes, con gran actividad económica, numerosos talleres textiles (no olvidemos que nuestro pueblo fue considerado la Universidad del Textil, un privilegio concedido por los Reyes Católicos para examinar de sastres y tejedores para todo el Reino), fábricas de curtidos (desde finales del siglo XVIII), una de sombreros, pocos agricultores, un buen número de cecineros y tratantes de ganado, talleres de zapatos y artesanos de la piel, comerciantes que recorrían la comarca, la provincia y otras provincias de la geografía de nuestra Región y de España mercadeando con productos varios, etc.

Hoy, por desgracia, estamos en una severa etapa de recesión económica, que se está dejando sentir también en nuestro pueblo, que ha perdido el emblemático umbral censal del millar de vecinos. Triste, sí, pero no hay que detenerse y perder el tiempo lamiéndose las heridas, como hacen los perdedores natos, sino buscar nuevos caminos y soluciones a los problemas presentes, como hicieron siempre nuestros padres y antepasados cuando se encontraron en circunstancias parecidas, y aún peores.

Sin ir más lejos, yo viví personalmente con mis padres y hermanos la experiencia de la emigración, residiendo primero en San Sebastián, y en otra etapa posterior en Madrid. Mis padres también vivieron, recién casados, en Saldaña, donde precisamente nació mi hermana mayor, curiosamente el 8 de septiembre, festividad de la Virgen del Valle, Patrona de esa preciosa localidad. Supongo que no hará falta deciros cómo se llama mi hermana. Pues… María del Valle. ¿Cómo si no?

En todos esos lugares nos sobraron oportunidades para echar raíces, en tiempos donde se puede decir que había trabajo y salidas profesionales para todos, aunque mi padre nunca se sintió a gusto y siempre añoró la vida de su pueblo, su independencia, su autonomía, su libertad de decisión. No había nacido para estar a las órdenes ni bajo el mando de nadie. Se sentía suficientemente capaz para buscarse la vida por sí mismo. Y así lo hizo. Ni corto ni perezoso, sin importarle lo más mínimo lo que pensaran los demás sobre sus controvertidas decisiones, en las tres ocasiones acabó regresando al lugar que le vio nacer. Jamás perdió VALERO un segundo de tiempo en recordar con nostalgia aquellas experiencias, o pensar qué hubiera sido de nuestra familia de haber seguido en tierras saldañesas, vascas, o madrileñas. ¿Para qué? Hizo lo que creyó oportuno en cada momento, y jamás se lamentó por ello. Más bien al contrario.

Este es un buen ejemplo que dice bien a las claras qué significa, cómo se vive, y en qué se traduce ese “espíritu pellejero”.

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Villarramiel tiene unas fiestas populares únicas, y no es un tópico; una industria típica, original, como es la elaboración de cecina de caballo; la industria del curtido; tuvo otras actividades no menos singulares y reconocidas, como las relacionadas con el textil o el propio curtido; una floreciente actividad artesanal relacionada asimismo con el cuero (los zapateros), que algunos de nuestros paisanos ejercieron durante décadas con tanto éxito y tanta profesionalidad, aunque hoy se haya perdido prácticamente. Por el contrario, aquí siempre hubo pocos agricultores, a diferencia de la mayoría de pueblos de nuestro entorno, ya que la extensión de nuestro término municipal es reducida.

En resumen, aquí hemos acuñado, históricamente, una forma de vida distinta, ni mejor ni peor, pero distinta a la del resto de pueblos de nuestra comarca; y una forma de ser también diferente, configurada a lo largo de los siglos por un espíritu eminentemente emprendedor, somos luchadores natos, hemos sido comerciantes y viajeros impenitentes… Y todo ello parece que está relacionado y tiene algo que ver con la herencia que nos dejó el pueblo judío a su paso por nuestro pueblo.

En este sentido, y siempre según las investigaciones de los hermanos Fernández Martín, no se descarta que en Villarramiel hubiera en su día un barrio judío, con su habitual sinagoga, que tras su expulsión de España por los Reyes Católicos pudo convertirse en la ermita dedicada a la Santa Cruz (desaparecida a principios del siglo XX), algo que sucedió y se repitió en todos los pueblos y urbes donde se asentaron los descendientes del antiguo pueblo de Judea.

Estas son, en resumen, nuestras señas de identidad, nuestro ADN colectivo, nuestro Documento Local de Identidad. Estas son nuestras marcas de imagen, ahora que tanto se habla de etiquetas, de denominaciones de origen, de indicaciones geográficas protegidas, sobre todo en el sector de alimentación y en la industria.

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Volviendo al libro de la Historia de Villarramiel, recordaré que dicha publicación se editó y presentó con motivo de la conmemoración del “Milenario” de nuestro pueblo, el año 1955, cuyos actos centrales para celebrar los 1.000 años de su existencia tuvieron lugar concretamente el 25 de septiembre (el mismo día en que nació mi prima Juana Mari, hija de mis tíos Bautista y Catalina, y creo que también Merche, la de Augusto). Entre esos actos, destacaron la inauguración del Monumento a Herramel Álvarez, en la fuente de la Plaza de España o del Ayuntamiento, y de nuestra entrañable Biblioteca Pública Municipal, un ejemplo y referente de servicio cultural entonces y ahora.

Perdonadme por esta digresión personal, pero es que ese año fue precisamente cuando más de medio centenar de chiguitos y chiguitas vinimos al mundo en Villarramiel, por lo cual tenemos el honor de portar la etiqueta y el marchamo indeleble de la “Quinta del Milenario”. En dos años celebraremos nuestro sesenta cumpleaños y espero que volvamos a reunirnos todos, incluso los que por desgracia ya no están entre nosotros, a los que recordaremos con añoranza y mucho cariño ante el altar de la ermita de la Virgen de las Angustias, nuestra Patrona y Madre espiritual, como hicimos cuando cumplimos el medio siglo. Desde aquí aprovecho para citaros a todos, queridos quintos, para ese momento, pues pasaremos lista.

Hablemos de San Bartolomé, nuestro Patrono. Los evangelistas le nombran en séptimo lugar entre los doce apóstoles. Algunos han pensado que fue elegido Patrono porque el santo fue desollado vivo por el Rey Astiajes y cortada su cabeza. No obstante, los hermanos Fernández Martín aclaran que San Bartolomé era Patrono de los “pelaires”, es decir, de los que trabajaban la lana, cardadores y tejedores. Estos fueron sin duda los que eligieron al santo como Patrono de Villarramiel. Recuerdo, una vez más, que los Reyes Católicos concedieron a nuestro pueblo el privilegio de ser la “Universidad” donde se examinaba a los cardadores y tejedores de todo el Reino. De ahí que la carda sea uno de los elementos básicos del escudo de Villarramiel.

Por otro lado, fue a finales del siglo XVIII cuando se introdujo la industria del curtido en Villarramiel. “Un vecino emprendedor ha levantado un famoso curtijo, donde se trabaja gran cantidad de becerro, cordobán, suela, y otros géneros de curtidos”, reza uno de los documentos consultados por los hermanos Fernández Martín. Los curtidos de nuestro pueblo -becerros, vaquetas, silleros, badanas, equinos- han tenido siempre un gran prestigio por la calidad de su curtición, siendo la materia prima de muchos artesanos de la piel de toda España. Las pieles curtidas aquí se han importado y se importan de distintos lugares de la geografía nacional y del extranjero, incluso de países africanos.

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Y si San Bartolo es nuestro Patrono, nuestra Patrona es la Virgen de las Angustias, que goza de un gran fervor entre todos los “pellejeros”. Se sabe que la ermita ya existía en 1610, y fue construida con donativos de los vecinos. Hace décadas su fiesta, el tercer domingo de septiembre, tenía casi tanta relevancia como la de San Bartolo. Y se puede decir que es la fiesta religiosa por excelencia de nuestra localidad.

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Me hubiera gustado referirme a algunos recuerdos concretos de mi infancia y juventud, a las fiestas que yo viví, a nuestros juegos, a nuestros sueños, a nuestros proyectos de vida, aunque sería demasiado largo y, por otra parte, no creo que fuesen muy distintos a los de los jóvenes actuales.

Lo único que me atrevo a pediros, sobre todo a los más jóvenes, es que seáis dignos depositarios, herederos y defensores, de ese “espíritu pellejero” al que tantas veces me he referido. Siempre debéis tener presente, estéis donde estéis, de dónde sois y lo que eso significa. Acordaros de vuestros padres y antepasados y lo que ellos construyeron para nosotros. Tenéis la obligación de demostrar, allá donde estéis, que sois de un pueblo con una historia y unas tradiciones muy singulares, un pueblo luchador, emprendedor, que no desfallece por duras que sean las circunstancias que nos rodeen.

También solicito a nuestras autoridades locales que sepan estar a la altura de los difíciles tiempos que nos está tocando vivir, y en sus actuaciones y decisiones siempre tengan presentes, defiendan, y pongan por encima de todo, los intereses generales de nuestro pueblo y de sus vecinos.

Estoy convencido de que mientras quede un solo “pellejero” en pie, nuestro pueblo seguirá vivo en nuestra memoria colectiva.

¡¡Muchas gracias!!,

¡¡Felices fiestas!!

Y… ¡¡VIVA VILLARRAMIEL!!

 

Mariano VALERO